Escritura de Ciudad – Poems | Poesía

This post is intended to display the poems Liudmila Quincoses wrote for the photos made by Aaron Bocanegra. This is an ongoing work.

Aaron el fotógrafo

Algo busco,
las imágenes que capta la cámara
no mueren en mí.
Una casa al mediodía,
su largo corredor y allí dos niños juegan,
no veo los niños,
veo la imagen,
los rostros que me miran sonrientes.
Soy Aarom el fotógrafo,
vigilo la luz,
espero el momento,
la foto está en mi cabeza.

 

 

Un hombre en su carro de caballos pasa por mi lente

La llanura podría ser un símbolo
de esta enorme soledad que tengo,
que él tiene.
Todos los días recorre el mismo camino,
sólo posee el horizonte
que se abre ante sus ojos;
y el silencio de la noche callendo,
como un telón de fondo.
Recita el monólogo de su soledad,
a los caballos, a la hierba,
al eterno crepúsculo.
Regresa a la casa,
a la estrechez de un cuarto.
El instante en que el hombre en su carro
de caballos pasó,
quedó reflejado,
y ahí estará, hasta el fin de los tiempos,
atravesando siempre la misma llanura,
preso en mi lente.

Morada para el ángel

Entre las tejas y el suelo
el trono del ángel,
la luz que penetra por el caballete
lo bendice.
En las ruinas busca antiguos juguetes,
un mensaje oculto,
alguna invocación.
Ha venido a invitarme a su estancia,
yo he visto el ángel
desnudo y temblando,
sobre la cama resplandece su cuerpo,
de rodillas me ha dejado besarle los pies.

Muchacho desconocido que cantando me recibe
                                       (Con el aliento de Kavafis)

No recuerdo qué decían sus canciones,
sólo vuelvo a sentirlas,
me recibió cantando,
de su garganta saltó una melodía
que nos iluminaba,
y hablaba del monte,
de extrañas historias,
de dioses desconocidos.
Su voz se ha ido,
y ahora
en el silencio de mi habitación
vuelvo a escuchar la estridencia de la fiesta,
la emoción de sus canciones,
el calor de julio
en aquel olvidado pueblo de provincia.

William

No puedo olvidar tus ojos mansos,
tus manos moviéndose en medio
de nuestras conversaciones.
En esta foto emerges de la penumbra,
sorprendiéndome,
detrás los músicos,
afinando eternamente sus guitarras.
En sólo un instante amigo,
capto tu energía.
Vienes hacia la luz,
regresas a mí,
de este lado te espero,
con la mano extendida,
en el quieto resplandor del mediodía.

Oráculo en la ventana

Por misteriosos boquetes se llega a esta ventana,
donde la pitonisa espera.
Hay un silencio
como de lugar sagrado,
ninguna señal presagiaba nuestro encuentro.
Ella me dijo que tú me esperabas,
que mis ojos eran hermosos
y que esta cámara hasta fin de mi vida,
iluminaría esos instantes
olvidados por dios.
En mi mano derecha se agolpaban
los símbolos.
Ella quedó en su ventana,
despidiéndose,
yo partí calle arriba
meditabundo,
deseando un reencuentro.

Calle de la iglesia

Por esta calle han transitado desde antiguo
los habitantes de la villa
hasta el río.
Un río turbio
que acomoda su cuerpo
en un estrecho cauce.
De espaldas al puente
hago esta foto,
y me imagino al oscuro ingeniero
que trazó esta calle,
la iglesia a medio construir,
los hombres del pueblo
izando la campana,
que ahora me despide,
despertando a los moradores,
ahuyentando a las palomas.

Viejo almacén junto al río

Puertas abiertas,
grandes espacios polvorientos,
una silla,
y una mesa.
Allí me detuve a descansar,
saqué el cuaderno
y escribí
lo que había hecho en este tiempo.
Añoré tu boca,
tu cuerpo suave,
tu pecho…
Lugar donde nací,
donde estoy anclado,
aún en esos días
en los que siento
que el mundo es un lugar
vacío y extraño.

Platillo vibrando en mi memoria

Aún vibra
y vuelve la energía
de la música,
aún vibra en mí
el platillo de metal
y yo danzando en la penumbra.
Afuera caía insistente la lluvia,
y el platillo no dejaba de vibrar.
Vibraban mis manos
al son del clic
de la cámara,
paredes húmedas,
cuerpos desnudos,
olor a salitre,
música inquietante,
el platillo que cimbraba en mis oídos,
ahora calla.

Casa colonial

Mirando calle abajo las chinas pelonas
que unos hombres dispusieron en la colonia,
descubro la belleza de esta ciudad,
casi desierta, a la hora de la lluvia,
sus cancelas abiertas al fresco de la tarde,
las ventanas de hierro forjado durmiendo el sueño de los gigantes,
mostrándose al misterio de un día cualquiera.
Cada estancia es una sorpresa,
las lozas del piso reflejan el agua de la calle,
el vértigo de la lluvia que con sus frías gotas nos bendice.
He habitado todas las casas de este pueblo, Cristine,
juntos hemos visto las viejas torres,
los esclavos y sus danzas,
he andado de la mano contigo viendo pasar los siglos.

Ley de alquileres

Repito los actos pero no dan resultado,
no puedo resucitarte como a Lázaro.
Alquilamos dos veces una casa,
otras veces un cuerpo.
Las palabras hacen y deshacen,
luego el vacío, el distinto miedo.
Otros alquileres
este año y cualquiera
vida tras vida.

Ventanas de hierro fundido

Una calle custodiada por ventanas,
altas ventanas de hierro fundido,
estrellas de mar y círculos de fuego,
visiones del paraíso las decoran,
siluetas, sahumerios, antiguas palabras,
ingredientes que el herrero agregó
al fuego vivo.
Sonido de metal contra el viento,
luz que avanza sobre el fundido dibujo,
esperanza de encontrar
la amada fuera,
manos enlazadas sobre el hierro,
siglos que transcurren,
la historia de la ciudad la cuentan sus ventanas.

Callejón que va a la iglesia

Por el antiguo callejón se va a la plaza,
por extraños corredores
bajo el pavimento
se llega a la iglesia.
Si les contara a los habitantes de la villa
que yo,
un forastero,
he transitado sobre la calle
y más abajo,
por las venas de la ciudad,
por sus túneles y catacumbas.
Oscuro laberinto de donde he regresado,
cámara en mano
a respirar,
otra vez necesito la calle y sus dobleces,
las altas ventanas
de hierro fundido,
la pitonisa aguardándome
al final del boquete.

La calle más larga…

Una calle larga con infinidad de casas,
en cada morada una historia,
cuadras y cuadras se suceden.
Avanzo con mi cámara,
escucho las señales,
en el horizonte
la punta del arcoiris,
el oro prometido de la tarde.

Verja al boulevard

Entre la calle y la tranquilidad
de mi habitación
una verja,
alguien soñó para mí
su inquietante diseño.
Alguien forjó el hierro,
doblegó el metal
que dividía mi cuarto alquilado
del ruidoso boulevard,
por donde transitaban a diario
atormentadas almas,
seres necesitados
de sosiego.
Guardé todas mis pertenencias
en la pequeña maleta,
debía dejar la estancia,
olvidar la maternal protección de esa reja,
la voluntaria reclusión,
la ilusoria seguridad de aquella cárcel alquilada.

Acera de la sombra

En los pueblos pequeños,
al mediodía las personas duermen sus siestas,
a ratos por la acera de la sombra
me gusta caminar en horas muertas.
Paso por ventanas cerradas,
por ventanas abiertas,
rejas y balcones
que dan a la calle,
por donde solo yo
Aarom el fotógrafo,
camino.
Recuerdo esta esquina,
y el anciano cabizbajo,
recuerdo los sonidos
detrás de la ventana grande.
Los amantes se citan a esta hora,
el sol del mediodía los ampara.
A veces vuelvo a escuchar sus voces susurrando,
en un café escribo en el reverso de las fotos,
y lentamente a mi memoria acuden las voces,
los saludos, los nombras de las calles,
los tristes ojos del loco caminante.

Niños

Nunca volverán a ser tan felices como en ese momento,
sentados en el fresco corredor,
esperando por la foto.
Veo sus sonrisas
y recuerdo mi infancia,
la cálida seguridad
del pecho de mi madre,
las conversaciones con mi hermano
camino a la escuela.
Así ha de ser,
juntos, siempre niños,
y felices en esta tarde de verano,
foto de familia,
enmarcada en la casa,
materia de lo eterno.

Contorno de los árboles
                  (Parque de noche)

En el suelo moviéndose apenas por la brisa
se dibujan las sombras de las ramas,
bajo luces amarillas
las ramas se transforman
en extrañas criaturas,
y entramos solos al bosque embrujado
de los cuentos.
Los árboles del parque cobran vida en la noche,
el silbido de la muerte nos anuncia
que ha vencido la tiniebla.
En el cielo las estrellas que vigilan la isla
nos marcan el camino.

La estrella en el cielo, los tres magos

Te escribiré una carta de amor en la penumbra,
sólo con mis uñas rasgaré las letras.
Lloraré y las lágrimas lamerán mis sueños,
mis alucinaciones de loco moribundo.
He creído en Dios pero Dios no me salva,
no me trae tus manos para que me alivien.
Te escribiré una carta así sin luz apenas.
Una historia en la noche cerrada resplandece,
su luz es una estrella que seguirán los magos hasta cualquier cueva.
Te escribiré una carta y moriré tranquilo,
en este extraño sitio que huele a misterio.
Es mi destino desaparecer sin verte.
De en medio de los muertos volveré por ti.

Noches de la isla

Me acerco a estos muchachos, los escucho,
liberan sus ideas
en esas canciones,
y todo es materia de poesía,
a través de esas palabras, me asomo a la vida de la isla.
No sé sus nombres, fue un milagro encontrarlos.
El trovador y su guitarra, los amigos,
bajo los árboles del parque,
noche que no olvidaré.

Hotel Perla de Cuba

Manteles impolutos,
jardineras de caoba donde florecen
las plantas del trópico,
baldosas moriscas,
escucho el rumor que viene de los aires libres,
victrolas encendidas ofreciendo su música.
Escojo a Gardel su melancólica voz
despierta a los parroquianos,
veinte años no son nada, ni cincuenta,
ni cien.
Las luces sobreviven,
la noche se resiste a morir.
Tomo un trago de ron bacardí,
miro las muchachas con sus anchas faldas
darle vueltas y más vueltas al único parque,
criaturas de isla sin tiempo, ni tristezas,
perfectas, iluminadas por lo eterno.
Pido una llave y subo a mi cuarto,
abro las puertas del balcón
respiro el perfume de la madrugada.

Escrito en el reverso de la foto

Cristine, la cena está servida,
de arriba, miro la ciudad.
Hoy he caminado mucho
y he pasado horas escogiendo una foto,
la noche cierra los caminos de los hombres,
abre las puertas del misterio.
Ahora te asomas a mi esencia,
y respiramos juntos en diferentes ciudades del planeta.
Tú duermes en California,
yo descubro una ciudad llamada Espíritu Santo,
en el centro de una isla.
La noche todo lo puede Cristine,
la noche y el silencio.

Cielos del Espíritu Santo

Acostado sobre la hierba miro la inmensidad,
desde mi paraíso me asomo
a las nubes,
vigilo las formas,
desando los paisajes
que desde el cielo me invitan a su fiesta.
El sol ya se ha escondido,
el naranja nos bendice,
cielos como los de Van Gogh
ante mis ojos,
esta última tarde, fenece.

Verja para enamorados

Transfigurados, como los ángeles
guardaban la verja.
Un abrazo en la quietud de la tarde,
bajo el rítmico compás de la llovizna,
era suficiente.
Se besaban Cristine, y hablaban por lo bajo,
sólo pude verlos de lejos y asistir furtivamente al ritual
de los enamorados que desde el principio de los tiempos
han guardado la verja.

En la penumbra 

el trovador,
revestido de gracia y dignidad.
Con los primeros acordes llega la nostalgia,
el recuerdo de las canciones aprendidas en la juventud,
sonido de las cuerdas sobre la madera,
música intangible.

Hay un horizonte falso de techos rojos cerca del cielo

Ahora la luz naranja del atardecer inunda el cielo,
nos deja mudos,
hay tantos techos rojos,
tantas extrañas palabras que no diremos nunca
flotando en el éter de la tarde.
Nadie puede vivir sobre tanta belleza,
ni siquiera los santos,
ni siquiera los ángeles,
ni siquiera los pájaros.

Interiores

Transcurren nuestros días
en la cálida sombra de los interiores,
donde el aroma del café se mezcla
con el perfume del cedro.
Amplias galerías que nos acogen
sensación de regresar al amnios,
sagradas conversaciones que nunca recordamos,
interiores de las antiguas casas
sombra profunda que custodia el sueño de los justos.

Alguien ha cerrado las ventanas a  la plaza

Hay una plaza inmensa allá afuera.
Me separan de ella las ventanas,
la madera antigua con que fueron hechos los postigos.
Ya no veo la plaza, ahora la imagino.
Ahora sé por qué ha resistido tantos años.
Está hecha de nada,
de recuerdos que le dan forma.
Y uno puede quitar las rejas, las estatuas,
quitar la plaza.
Caminar sobre la tierra espesa.
Mirar la iglesia, la torre, el campanario,
sentir el ruido del bronce que ahuyenta a las palomas.
Mirar la plaza de lejos sobre el puente,
regresar luego a los arcos, a los portales.
Regresar a esas ruinas que aún no fueron fundadas,
regresar a uno mismo.
Y abrir los ojos, las ventanas,
caminar luego por la plaza.
Palparla tal como es, volver a hacerla,
morirse de viejo,
fundarla.

Después de la lluvia

Siento el murmullo del agua sobre las tejas,
amparo de la madera,
olor a tierra mojada,
casa que por milagro me amparó.

Verja de hierro

Los siglos pasaron sobre el bronce,
queda la reja donde ya no hay huerto.
Los siglos pasaron y en este lugar se perdieron los bosques,
la reja perdió a su vez
el sentido que los hombres le habían dado;
se ha ido apagando
en la muerte lenta del herrumbre.
Las plantas han deshecho los escudos
que otros hombres forjaron en su espalda,
que otras manos plantaron en este lugar;
ahora debo imaginar que ella guarda las flores,
que yo tengo alma de reja,
tengo muchos años sobre mí,
tengo la suerte que otros me envidian.
Me han dejado soñarla, pero no ser su dueño.
Por eso estoy tan solo,
mi fortuna es el árbol,
un árbol y una reja.
Soy sólo un hombre oscuro
que ha olvidado el destino y el mundo,
que ha olvidado el sentido de las cosas,
que ha olvidado…

Plaza de Jesús

Veo la mano aquella que me señalaba la plaza,
como un deslumbramiento.
Miro los bancos,
la iglesia de piedra hermosa y destruida,
del Cristo sólo quedan los pies,
y en las columnas los huecos de los nichos,
el espacio vacío de los santos en las paredes.
Jugamos al eco,
unos pájaros se asustan
y vuelan en círculo sobre nuestras cabezas.
Me muestras la iglesia con mucha atención,
me muestras los techos,
las figuras borrosas de los ángeles.
El viento a veces entra y la luz dibuja otras visiones.
Como si fuera la tarde última
miramos al cielo.
Escucho la campana que no existe
llamando a la misa de la tarde.
Los albañiles toman sus cervezas en jarras de metal,
miran con ojos cansados la fuente seca.
No te vayas,
no dejas destruir la plaza.
No dejes de mirar este sol
como si fuera el último,
como si nunca acabara.

De tarde en cuatro esquinas

Oigo un trueno y veo sobre las casas
el puñal de fuego del relámpago,
los postes de teléfono se extienden
como maderos para crucificados.
Puedo estar caminando por la Vía Apia.
Algunos me saludan y me dicen
a modo de noticia, muy alegres,
que el año se va a acabar.
Yo sólo siento el relámpago aquel,
sobre mi pecho.
Y la lluvia después
interminable.

Duplicación del trueno

Te veo sentada al borde del brocal,
mirando el camino que la tarde duplica,
que duplica el trueno.
Mueves los dedos bajo el agua imaginaria,
el agua te calma el calor.
En el patio hace mucho tiempo que nadie canta,
que nadie aplaude bajo la lluvia,
que nadie saluda el bellísimo sonido
del trueno duplicado.

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